FEBRERO 8

28.03.2021

«En quien tenemos REDENCIÓN por su sangre, EL PERDÓN de pecados según las riquezas de su gracia». Efesios 1:7

En quien tenemos redención y en nadie más. No hay posible redención fuera de Jesús y de Su sangre redentora. Es en Cristo que el ser humano encuentra la solución a su vida de pecado. La muerte de Cristo señala dos verdades maravillosas: REDENCIÓN Y PERDÓN.

LA REDENCIÓN era el precio pagado para obtener la libertad de un esclavo. Lev. 25:47-54. Jesucristo, a través de su muerte, pagó el precio con Su Sangre para liberarnos de nuestra esclavitud al pecado. Un precio por el pecado del cual ningún hombre es capaz de liberarse ni de pagar jamás por sí mismo. La fuente de toda gracia es la muerte expiatoria de Jesucristo en la cruz, al costo de su sangre redentora: Ahora en Cristo, ustedes, que en otro tiempo estaban lejos, han sido acercados por la sangre de Cristo. Efesios 2:13"

EL PERDÓN de pecados según las riquezas de su gracia." El perdón en tiempos del Antiguo Testamento se garantizaba en base a la sangre vertida de animales Lev 17:11. Ahora recibimos perdón en base al derramamiento de la Preciosa Sangre de Cristo, porque murió y fue el sacrificio perfecto y verdadero. ¿Podrá haber en cualquier idioma una palabra más dulce que la palabra «PERDÓN», cuando esta suena en los oídos de un pecador culpable como sonaban las notas de las trompetas de plata del jubileo en los oídos de un siervo israelita? ¡Bendita, bendita sea por siempre esa amada estrella del Perdón que proyecta su luz dentro de la celda de un condenado y da al que perece un rayo de esperanza en medio de su desesperación!

¿Es posible que el pecado, mi pecado, sea perdonado, perdonado enteramente y para siempre? Como pecador, merezco la condenación. No hay posibilidad de que me libre de él mientras el pecado permanezca en mí. Ahora bien, ¿puede quitarse el peso del pecado y borrase su mancha escarlata? Jesús me dice que aún puedo ser justificado. Bendita sea por siempre la revelación del amor expiatorio que no solo me hace saber que el perdón es posible, sino que garantiza ese perdón para todo el que descansa en Jesús. Yo he creído en la propiciación, he creído en Jesús crucificado y, por tanto, mis pecados están ahora y para siempre perdonados en virtud de sus dolores y de su muerte sufrida en mi lugar.

¡Qué felicidad, qué gozo, supone estar perfectamente perdonado! Mi alma consagra todas sus virtudes a Jesucristo, quien, por su amor impagable, se convirtió en mi Fiador y efectuó mi redención por medio de Su sangre. ¡Qué riquezas de gracia revela ese perdón gratuito que perdona total, plena, libre y eternamente! He aquí una constelación de portentos: Cuando pienso en lo horrendos que fueron mis pecados, y lo preciosas que son las gotas de Sangre que me limpiaron de ellos y cuánta riqueza de Su gracia caracterizó a la forma en que se me concedió el perdón, adoro a Dios con profundo agradecimiento. Me inclino delante del Trono que me absuelve, abrazo la Cruz que me liberta y, de aquí en adelante, amaré todos los días a ese Dios que se hizo hombre, por quien hoy soy un alma perdonada. ¡Amén!